Miribilla: Siempre puede ser peor

Miribilla: Siempre puede ser peor

Quedaban siete segundos. El partido estaba perdido. La derrota, siempre amarga, en Miribilla resulta más sangrante. Por historia y aspiraciones, el Baskonia se encuentra obligado a ganar al vecino o a dar explicaciones. Pero, como dicen por ahí, siempre puede ser peor. Y fue peor: un infantil empujón resultó el desencadenante de una pelea impropia e inimaginable, cuyas consecuencias acabamos de conocer.

Erradicar la violencia del deporte es la bandera que una inmensa mayoría de respetables ciudadanos enarbola a la mínima oportunidad. Cuando se produce un incidente violento pocos son lo que guardan silencio. Es el momento oportuno para manifestar un buen talante, abogar por el diálogo y clamar a los cuatro vientos contra el desaguisado ocurrido. Proliferan entonces los jueces como hongos en un otoño cálido y lluvioso, y con ellos las sanciones: multas, partidos de suspensión, penalizaciones deportivas, apartar o incluso echarlos de la competición… No hay medida, todo vale para erradicar la violencia en el deporte y procurar así un espectáculo limpio y noble, digno de ser visto por el más inocente de los niños. Nadie se resiste a adoptar la pose políticamente correcta que la situación requiere. La tentación es grande y quien la proponga más gorda en esta hipócrita competencia de indignados mayor prestigio social pensará que ha alcanzado.

Esta fanática defensa del “juego limpio” es liderada por los medios de comunicación. Muchos de ellos jamás prestan una digna atención a otro deporte que no sea el fútbol. Es lo que vende y lo que genera audiencia. Pero cuando se encuentran con un filón como la pelea con la que comenzó el mes de Marzo, entonces sí: entonces “baloncesto” por doquier y rasgada de vestiduras que se dice ante espectáculo tan infame. Y por supuesto, sanciones, fuertes, duras y ejemplares sanciones, que algo así ni puede quedar impune ni puede volver a repetirse. Aunque ellos sí recrean video una y otra vez. Como para no hacerlo: el barómetro se dispara. El baloncesto, la violencia en el deporte, les da absolutamente lo mismo. Lo que en ese momento toca es aprovechar el filón, explotar las imágenes y adoptar la pose del indignado que clama justicia. Es lo que vende.

Se crea así un estado de opinión, asumido acríticamente por la inmensa mayoría de los aficionados, que se sienten preparados para erigirse en jueces de la contienda y aportar así su granito de arena en la santa cruzada de arribar a una práctica deportiva inmaculada, en la que los contendientes se saludan, se dan la mano, se felicitan, se desean la mejor de las suertes y, si se tercia, hasta se abrazan. Eso sí, que no se les ocurra besarse…

Pero si realizamos un análisis más independiente del fenómeno de la violencia en el deporte, concluiremos que la raíz del mismo no se encuentra precisamente en él, sino, precisamente, en todo aquello que generan el ambiente preciso para que ésta se desate, como en una película de Peckinpah. Periodistas que utilizan un lenguaje bélico cuando el equipo del que viven debe afrontar un partido difícil; medios de comunicación en general, que magnifican los acontecimientos y explotan al máximo se las imágenes existentes de altercados violentos entre los deportistas con la única finalidad de ganar audiencia; aficionados con cabeza hueca, que envenados por unos y por otros, acuden a los estadios en la creencia de que asisten a una batalla campal e imposibilitados para disfrutar de un evento deportivo de manera comedida. Y esto ocurre tanto en el deporte profesional como en el aficionado o en el escolar, sin excepción.

Ahí es donde se enraíza la violencia, que, en ocasiones, se traslada a los campos y a las canchas y la protagonizan tristemente los jugadores. Ellos son los que compiten y los que soportan la presión y altísimas pulsaciones. Son comunes los choques, los desplantes y los desafíos entre ellos. Y, en ocasiones, la agresión o el enfrentamiento físico. Eso será así mientras haya deporte, pues es un ingrediente consustancial al mismo. Y los deportistas lo saben bien. Por ello, rara vez la trifulca trasciende el ámbito de juego. En vestuarios, ya duchados, claudican ante el reconocimiento de su pésimo comportamiento, piden disculpas y llegan con frecuencia las reconciliaciones. Y en el peor de los casos, todos cumplen al menos con la sagrada norma no escrita: “lo que ocurre en el terreno de juego se queda en el terreno de juego.”

De los incidentes devienen las sanciones. El hecho de que los jugadores se comporten violentamente con un rival, por mucho que pueda comprenderse una reacción y por consustanciales que resulten estos conatos a la práctica deportiva, no implica que deban quedar eximidos de asumir responsabilidad alguna. Si hay agresiones, que respondan por ellas, pues, en sentido estricto, éstas no son nunca justificables.

La tipología de la sanción debería depender del deporte que se trate. No es lo mismo que se peguen dos jugadores de hockey sobre hielo que dos ajedrecistas. Ni es la misma sanción para un equipo en el que juegan quince u once que para el que juegan cinco. Si nos atenemos al basket, las sanciones económicas son las que deberían imponerse de manera habitual. Sancionar a un jugador con partidos de suspensión en baloncesto puede suponer una adulteración importante de la competición así como un perjuicio para el club y para el propio aficionado. Imaginemos que Jordan, en sus buenos tiempos, se lía a mamporros como Shengelia el otro día y le imponen, pongamos, cinco partidos de suspensión. Independientemente de todo lo demás, cinco partidos menos que habríamos visto jugar a Jordan: una pérdida, sin lugar a dudas, irreparable.

Volviendo a lo acontecido en Miribilla, lo razonable sería imponer una fuerte sanción económica a todos los involucrados. Menear el bolsillo ha sido siempre una medida de lo más eficaz y, además, afectaría exclusivamente al infractor. Ni los clubes ni la competición ni los aficionados deberían sufrir efecto colateral alguno. Si a este razonamiento se añade que el antecedente más próximo y parecido, un Real Madrid- Estudiantes del año 2004, juzgado por el mismo juez y atendiendo a un reglamento aún hoy en vigor, se despachó entonces con multas de 3000 euros, la única sanción razonable que ahora procede sería la económica.

Sin embargo he te aquí que, mientras escribía este artículo, el juez único de competición de la Federación se destapa con una sanción económica, sí, pero también castiga con cinco partidos de suspensión a Shengelia y con cuatro a Todorovic. En mi opinión, su sanción ha pretendido simplemente apaciguar la “alarma social” que los propios medios han generado y dejar satisfecho al ciudadano que clamaba justicia con mayúsculas. Para ello se ha llevado por delante los más elementales principios de la simple justicia, ha perjudicado a clubes, adultera la competición y priva al aficionado de ver en la cancha a jugadores de la calidad de los sancionados. Nada le ha importado.

Ahora supongo que tocará el turno a los recursos y alguna enmienda tendremos aún que contemplar. Al final apuesto a que la cosa se quedará en tres y dos partidos de sanción respectivamente. Ello sólo servirá para ahondar aún más la chapuza. Pues castigar a un jugador de baloncesto que, instantes después de protagonizar una tangana, se acuerda del niño que ha tenido que padecerla muy de cerca y le pide personalmente disculpas, con cinco partidos, cuando a otros, haciendo lo mismo, juzgados bajo el mismo reglamento y por el mismo juez, sin mostrar arrepentimiento alguno, no se les ha privado de jugar ni un solo minuto, resulta más bien una aberración paradigmática de un principio tan simple como fundamental: las sanciones deben ser justas, no ejemplares.

SILENO

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